
Dual se miró al espejo una vez más mientras flexionaba los brazos hacia arriba y hacia abajo. Se acercó un poco más a su reflejo pálido, ligeramente enrojecido por el ejercicio. Miró sus músculos y el modo en que sus bíceps se inflaban con el esfuerzo y relucían el pequeño camino de venas que se ensanchaba con los días. Estaba bien mamado.
Sentía que nadie más estaba ahí, como si las chicas Instagram y los adolescentes enclenques fueran sólo siluetas pintadas en la pared. Pero las siluetas tenían ojos; primero miraban su cuerpo con admiración, luego, después de mucho observarlo, se sentían incómodos, a veces con miedo. Dual no podía evitar sumergirse en sí mismo y en el espejo que lo llamaba, que entendía a la perfección la belleza de su cuerpo, el deseo por el deseo y lo papi que se sentía mientras exploraba aquella superficie sudorosa.
Claro que Dual no era su verdadero nombre, tenía uno mucho más común, de gente mortal y sin grandes aspiraciones, por eso Diego había desaparecido en el cajón obscuro donde tenía su acta de nacimiento. Cada día dedicaba más horas a pulir su cuerpo: cada día más fuerte, más definido, más alejado del vulgo.
Por la mañana, por la tarde y por la noche, esa era su vida. El resto del día salía a comer una ensalada con proteína mientras tindereaba o a buscaba chicas en su Facebook, amigas de amigos, a las que enviaba solicitudes de amistad después de evaluar su foto. No había por qué preocuparse por dinero; sus padres ya se habían preocupado lo suficiente por él. Preferían que estuviera en el gym, ejercitándose, que en el fondo de una botella, creando problemas y poniendo su vida en riesgo.
Los dueños del gym, llamado con poca imaginación Workout, le preguntaban por qué dedicaba tanto tiempo a ejercitarse, si había un concurso o algo de lo que ellos no estuvieran enterados. Él no tenía respuesta para eso, por lo que se limitaba a decir “tú pones tus propios límites”, “hay que apuntar a la luna”, “no vinimos aquí para perder” o algo que probablemente escuchó de algún coach motivacional del Youtube.
Ellos se preocupaban, no por él ni su salud mental o física, sino por los clientes a los que ponía nerviosos. Admirarse y besarse los músculos un par de veces al día no era tan raro, pero Dual se comía con la mirada, algunos incluso aseguraban que tenía erecciones mientras miraba su reflejo.
A veces, Dual se preguntaba si era gay. Recordaba esa fiesta: su tristeza, la depresión por haber roto con una chica, su vulnerabilidad. También a ese hombre moreno y musculoso, sus halagos y murmullos al oído. Entró con él a uno de los cuartos vacíos y lo probó por todos los orificios que pudo. Dual se dejó querer, un poco porque el chico no era feo, otro poco porque su cuerpo le recordaba el suyo. Y ahí, en medio de su rutina y el sudor, se preguntaba constantemente si excitarse viendo su propio reflejo también lo hacía gay.
Algo había cambiado en él desde ese incidente y lo remató lo que sucedió con la chica del gym.
Un sujeto al que llamaban Rambo, no por sus hazañas, sino por su cara de hush puppy, era su principal competencia en Workout. De un momento a otro lograba levantar tanto peso como él. Sin embargo, su avaricia lo llevó al desastre, como en las mejores Fábulas de Esopo o en las moralejas de Disney. Cada vez buscaba más y más peso qué poder levantar: un día tenía sus mancuernas de 50 kilos con los que hacía rutina, y al siguiente día ya usaba las de 55.
Tal vez si la chica no hubiera sido joven y hermosa, la tragedia habría sido menor, pero no fue así, fue una mujer de 20 años que cuidaba su cuerpo. Ese día Rambo flexionaba hacia arriba la mancuerna de 60 kilos, más atento al espejo que a la joven que pasaba detrás de él. Dual lo vio todo, tenía primera fila a un costado de su némesis. Algo tronó, la mancuerna se escapó de sus manos y fue a dar directamente a la cabeza de la chica. La sangre lo inundó todo: el área de peso, la barra horizontal, el banco de flexiones. La música paró, nacieron los gritos, los insultos. No volvió a ver a Rambo.
Dual a veces escuchaba el golpe cuando hacía flexiones: la pesa impactando contra el cráneo, un sonido orgánico pero un poco artificial, como de metal contra madera, apagando la vida. Pero él seguía en su rutina, absorto en el espejo, cada vez con más repeticiones, cuidando el peso que aumentaba a la barra o a los aparatos.
A veces Dual se sorprendía a sí mismo. Creía que a veces su narcisismo era demasiado, por eso se ocultaba cuando estaba más excitado, cerca del baño, alejado de las bicicletas de spinning y el área de yoga tan concurrida. Se miraba una vez más, primero en su totalidad, su tórax, sus brazos, sus nalgas, luego sus brazos en diferentes posiciones. Se acercaba lentamente, se miraba a los ojos y le daba un beso en los labios a su reflejo. ¿En dónde más podría darle un beso a un espejo si no es en los labios?
La necesidad ya era muy grande y pronto descubrió que no necesitaba que Workout estuviera abierto para disfrutar de sus servicios. De hecho, el entrenamiento de medianoche era mucho más cómodo, sin todas esas miradas y cuchicheos, y podía besarse y tocarse todo lo que quisiera. Lo que más disfrutaba era hacerlo sin ropa, despojarse de todas sus ataduras, sentir su erección libre mientras levantaba las mancuernas en el aire.
A veces lo hacía en la obscuridad, desnudo, con su silueta dibujada por la combinación de luz de luna y alumbrado público. Los besos eran más íntimos, más excitantes, en la penumbra. Y a veces sentía que su reflejo también lo deseaba, tanto como él. Por eso no se sorprendió cuando su yo en el espejo comenzó a masturbarse frente a él. A veces la excitación era tanta que sus puños se estrellaban en la pared reflejante, en la imposibilidad del tacto y con una cara de odio que no sabía muy bien a quién dirigir. Y entonces pasó.
En un abrazo en la penumbra, con el abdomen y el pene pegados al vidrio, sintió esas manos frías recorrer su espalda y descansar nerviosamente en sus nalgas. La trémula lengua buscó sus labios, y las bocas idénticas se fundieron. El espejo se hizo blando y él lo penetró repetidamente con la cadera y se sumió entre los brazos que lo anhelaban al interior. Más dentro, más dentro, hasta que la luz de luna desapareció, igual que el frío y el momento antes de la explosión.
Cuando los dueños de Workout encontraron la ropa de Dual regada por todo el gimnasio, decidieron suspender su membresía permanentemente. Pero no tuvieron problemas con ello, ya que él no se volvió a presentar. Tal vez al fin había conseguido el cuerpo perfecto que siempre había querido.